El mundo es una trampa, mucho más sutil que la carne. Por ceder a los deseos de la carne, un hombre se desprecia a sí mismo, y otros que están intensamente dedicados al mundo, pueden sentir la vergüenza de esos caminos. Pero los «deseos mundanos» son otra cosa; se presentan como algo eminentemente respetable, pues ¿no es acaso lo que hace todo el mundo de cierto rango social?. Es apetecer aquello que agrada a la sociedad; desear lo que aquellos que son considerados luz, guías y personas carismáticas, piensan que es lo conveniente para los hombres y para las mujeres.
Este agradable atractivo ejerce una poderosa influencia, especialmente en los jóvenes, y en los jóvenes fuertes que conocen al Señor y que tienen el sincero deseo de hacer conocer la verdad. Por el hecho de haber recibido esas buenas nuevas para proclamar, ellos piensan que pueden ir a cualquier parte, pero adondequiera que vayan con este entusiasmo, el riesgo se hace presente. Conocen al menos a un Salvador desconocido por el mundo; y ¿adónde no podrían ir? En este celo, ellos son particularmente advertidos en cuanto al mundo.
Pero Dios no había hecho al mundo en ese sentido. ¿Qué es, pues, “el mundo”?. “El mundo”, en el sentido moral, es lo que el diablo elaboró después de la caída del hombre. El “mundo” comienza con Caín y su descendencia. ¿Qué vemos en Caín? Condenado a ser errante y fugitivo en la tierra, luchó para borrar esta sentencia, y construyó una ciudad; no contentos con vivir el uno por un lado y el otro por otro, él y sus descendientes sintieron la necesidad de unirse. «La unión hace la fuerza», dicen los hombres. Por otra parte, un hombre hábil maneja fácil y rápidamente las cosas para llegar hasta lo más alto; y muchos albergan la esperanza de subir estos escalones para llegar también algún día, de la manera que fuere o a cualquier costo. Dios y el pecado son rápidamente olvidados en estos esfuerzos.
Así también, Caín construyó una ciudad y la llamó conforme al nombre de su hijo. Se manifestaron el orgullo y la búsqueda de la satisfacción personal, como así también el deseo de agradar a los demás, sin tener ningún pensamiento respecto de Dios. De esta familia nacieron las grandes invenciones (Génesis 4). Un hombre de un espíritu que no se halló en Abel, y ni siquiera en Set, quien es sustituido por Abel, pero que se manifestó abundantemente en Caín y su progenie.
Aquí comenzó la poesía de la sociedad, cuando Lamec escribió de forma agradable para sus mujeres; pues fue él mismo quien introdujo la poligamia, y justificó el homicidio en caso de defensa propia, lo que podríamos llamar un poema dedicado a los objetos de sus propios afectos. No era Dios sino sus mujeres lo que ocupaban sus pensamientos en relación con los acontecimientos que más bien debían de haberlo afligido. Lamec no sólo hizo una apología de la historia de Caín, sino que halló en ella un pretexto para justificar su propio caso. Allí encontramos también el origen de la orgullosa vida de los nómades, y de los más civilizados deleites de los instrumentos de viento y de cuerda. De modo que, desde temprano, “el mundo” ya estaba en plena actividad. ¿No es éste el carácter “del mundo”? Sin duda que muchas cosas convenientes que se hallan en el mundo pueden ser utilizadas por un cristiano. Pero esta sola mancha negra tiñe “al mundo”: la ausencia de un Cristo que, despreciado por el mundo, es tanto más amado por los suyos. Cíteme una sola cosa del mundo sobre la cual Cristo ponga su sello de aprobación. ¿Dónde se encuentra todo lo que Cristo apreciaba? ¿Dónde está aquello en lo que Él vivía y lo que Él amaba?
Todo lo que está fuera de Cristo es capaz de ser un objeto para el corazón del hombre caído; y eso es el mundo. Algunos emprenden el estudio de Ciencias, otros prefieren Literatura; otros se sienten inclinados por la política. Desgraciadamente, ¡hasta es posible dedicarse a religión, a la obra y a la adoración del Señor, en un espíritu mundano, y de una manera egoísta, buscando o bien algún provecho para sí o fama con ello! y ¡de cuántas maneras los hombres buscan popularidad con estas cosas! Esto también es “el mundo”. El nombre del Señor tomado aparte de Su voluntad y de Su gloria no es ninguna salvaguardia. Algunos autores lo emplearon de esta manera: escribieron sobre asuntos relacionados con las Escrituras, pero ¿qué ganaron con ello? ya que aún permanecieron completamente sin Dios, y a menudo como enemigos declarados de Cristo.
Por lo tanto, el mundo se volvería un serio peligro para los espiritualmente jóvenes —por más fuertes que pudiesen ser—, si no mantuviesen un sentimiento siempre creciente de su relación con el Padre; pues hasta los “hijitos” tenían este conocimiento, los cuales se caracterizaban por el sentido de esa bendita relación, y se gozaban en ella. Ellos, como todos, tenían la seguridad del perdón. Si bien eran “hijitos”, añadían a este gozo el conocimiento del Padre, lo cual es un precioso privilegio. Pero vemos también que hay muchos cristianos que son avanzados en pensamiento, o que se consideran así, pero que, sin embargo, no se atreven a tomar ese camino. Pues éstos no tienen una seguridad total; y la mayoría de ellos invocan a Dios, pero no como “Padre” en el más pleno sentido, sino como “el Todopoderoso”, como “Jehová”, como “el Dios de Abraham…”, etc., como si fueran judíos. Todos deberíamos ver que ése es el estado de la Cristiandad hoy en día, especialmente de aquellos que se jactan en la antigüedad de la religión y en los grandes números dentro de ella. La Cristiandad tiene un carácter judaico. Pero Cristo, en el Cristianismo, lo saca a uno fuera de todo aquello que es terrenal, tanto de lo judaico como de lo gentil, y estampa Su nombre en él desde el principio de su nueva vida y a lo largo de toda su marcha peregrina. Como Él mismo dijo de aquellos que el Padre le dio: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan 17:16). Los que espiritualmente eran jóvenes fuertes son los que particularmente debían guardarse del “mundo”, porque, en su celo, éste podía convertirse en un objeto de valor a sus ojos. Podrían decir que su deseo era sólo el de ganar el mundo para Cristo, que su objetivo era hacer que el mundo conociese a Cristo y su Evangelio.
Sin embargo, es necesario que seamos dependientes de Él y guiados por su Espíritu para saber cuándo, adónde y cómo ir. No basta que nuestro propósito y nuestras metas sean buenos. El peligro principal del cual debemos cuidarnos es la manera de hacer las cosas. Siempre podemos fallar en “cómo” lo hacemos. El fin puede ser bueno, pero los medios deben estar también de acuerdo con la voluntad y con la Palabra de Dios. ¿Quién puede guiarnos y guardarnos en los medios que debemos adoptar? Únicamente Aquel a quien pertenecemos, quien obra en nosotros por su Palabra y su Espíritu.
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